El encuentro. Vals.

05:00 am – suena el despertador cuando únicamente hacía tres horas que había sido programado. Tocaba levantarse, rápidamente, coger mochilas, sacos, bolsas de comida, pases de InterRail y ponerse en camino destino de la estación del tren. El tren que nos llevaría a Vals salía en menos de una hora. Por delante quedaban cinco horas de tren con cambios fugaces en las estaciones Lausanne, Zurich, Chur y, finalmente, Ilanz, dónde un autobús nos llevaría a Vals, primer objetivo del viaje.

Una de las cosas con las que me quedo después del InterRail son las horas de tren, las horas de mirar por las ventanas y ver como todo cambia mientras tú estás estático mirando por la ventana las maravillas que mostraban. Montañas, lagos, bosques, ríos, nieve y casitas de madera pasaban a saludar rápidamente. Paisaje que aparecía y desaparecía. Fugazmente. Lluvia, nieve, sol. Tuvimos un poco de todo, y todo se podía ver desde el asiento del vagón de segunda clase de cualquier de todos y cada uno de los Swiss Express que cogimos. Trenes infinitamente largos, rojos, como todas las cosas que relaciones con Suiza, al menos en términos de diseño hablando.

Conforme avanzábamos en el território Suizo, la megafonía cambiaba y se adaptaba a las nuevas personas que se unían a nosotros en el tren. Comenzamos en francés, para cambiar a Alemán, pese a escuchar algo de italiano en el ambiente. Hasta un poco de Romanche tuvimos la suerte de escuchar. Y es que otra cosa no, pero chocolate y culturas diferentes no faltan en Suiza. Toda una experiencia, hasta el punto de no saber dónde estás.

La llegada a Ilanz fue todo un cambio en el paisaje. En Chur dejamos atrás lagos y llanuras para introducirnos entre montañas muy altas, dónde conforme avanzábamos hacia arriba aparecía más nieve. Nieve, tierra y un río turquesa, prácticamente transparente. El vagón lleno de personas con sus aparatos para esquiar. Nosotros con nuestros bañadores en la mochila.

En Ilanz cogimos el autobús con el letrero que decía Vals, nos acomodamos en las primeras filas y después de confirmar que el autobús paraba en las Termas (Marta y su alemán salvaron media parte del viaje, haciendo que la ilusión brotara en cada palabra pronunciada y entendida), nos limitamos a disfrutar de las vistas que  una carretera estrecha y bastante sinuosa subía por las montañas hasta Vals.

Therme Vals. Esa era nuestra parada. La nuestra y la de todos, por que ahí el autobús se quedó vacío. Esquís o no, todos pasábamos por las termas. Unos mas de relax, otros más de disfrute y otros, como nosotros y nuestro compañero de viaje (un simpático tipo que encontramos en todas las ciudades que visitamos en nuestro viaje, al cual al final ya saludábamos con una sonrisa de complicidad), era un disfrute diferente.
Comenzamos a caminar por el camino en piedra y, tras pasar un mastodonte construido que tapaba vistas a todo, aparecieron las Termas de Vals, objetivo número 1 y principal del viaje.

Un camino hecho con tablones de maderas, soportados mediante estacas clavas en la ladera, marcaban la dirección que había que seguir. Un camino que primero te acercaba por la parte inferior a la gran masa de piedra para luego alejarte y, tras varios giros, llevarte hasta la entrada de las termas. Teníamos que darnos prisa, teníamos una reserva hecha para primera hora (primera hora a la que podíamos llegar. Entiéndase las 11:30am), pero no podíamos entrar sin antes dar una vuelta completa al edificio. Al menos yo no podía. Así que me perdí, o más bien Marta me perdió de vista, y rápidamente subí por la ladera hasta la cubierta para ver todo: las vistas, las cubiertas ajardinadas, los lucernarios y hasta cosas se supone que no tienes de ver hasta estar dentro. La piscina exterior, con su humo saliendo rápidamente hacia arriba.

Entramos por una entrada bastante oscura, todo en negros y guiados por carteles en neón azul (el neón, ese gran amigo de la arquitectura europea), hasta una recepción dónde, tras pagar la correspondiente entrada, nos dirigimos hacia los vestuarios para cambiarnos y ponernos nuestras mejores galas. El bañador.
El pasillo que llevaba a los vestuarios  es de la misma materialidad que las termas. En la parte izquierda (desde la entrada) se encuentran las salas de cambiadores y de espejos. En la pared derecha, una serie de chorros de agua aparecen regularmente en la pared de piedra, bañando la mismo, y cayendo a un sumidero longitudinal que recorre todo el pasillo. Oscuridad, humedad, calor, todo acompañado por el río del agua cayendo, es lo que te acompaña en el recorrido hasta tu vestuario.

Los vestuarios, todos en materiales cálidos y oscuros, son cuatro piezas. Dos para mujeres, dos para hombres. Dentro de ellos, y detrás de una cortina bastante pesada, se encuentra una salida estrecha y alta a la zona de las termas. La primero que ves es una gran muro de piedra bañado por un rayo de luz, procedente de uno de los estrechos cortes que recorren la cubierta.
Al salir del vestuario te encuentras en un pasillo elevado de la zona de las termas dónde una barandilla te hace caminar hacia su inicio, buscando el inicio de la escalera rampada que te lleva hasta el nivel inferior. En este recorrido ya puedes ver trocitos de paisaje, pese a que los volúmenes construidos están en contraste, tapando y escondiendo, no dejando ver todo. En el inicio de la escalera rampada se encuentra el volumen de servicios y duchas, para que puedas lavarte antes de bajar a las termas.

La escalera rampada tiene prácticamente la misma dimensión que la zona de vestuarios. Para cuando terminas de descender por ella, andando unos pocos pasos más, un gran ventanal te deja ver las grandes montañas vecinas que, para entonces, estaban blancas, cubiertas de nieve. Tras embobarnos un poco mirando por ella, dejamos las toallas y nos sumergimos en la piscina central, un cuadrado perfecto rodeado de varias piscinas, diferentes, cada una de ella dentro de una espacio cerrado, cuya posición viene, en la mayoría de los casos, marcada por relaciones geométricas.

No creo ser capaz de contar todo. No se me olvida, simplemente no se puede explicar. Supongo que es algo que asumes, o simplemente admiras y te lo guardas para ti. Solamente se que cuánto más tiempo pasaba por las piscinas, más aparecía la palabra meticulosidad en mi mente. Y es que las termas son eso, una obra meticulosa. Todo está pensado al detalle. Pocos detalles se escapan.
Las piscinas desaguan en su encuentro con los paramentos verticales de piedra. No en cualquier parte, en su encuentro con la junta horizontal de una de las piedras de la pared. Los planos de piedra que forman los llenos de las termas y tapan los grandes ventanales tiene también una proporción geométrica partiendo desde la junta de desagüe de las piscinas. No siempre ves el paisaje desde las piscinas, pero si siempre, de alguna forma, aparece reflejado en la superficie del agua. Y así, hasta el infinito.

 

Merece la pena ir, visitar el edificio, disfrutarlo, disfrutar las vistas y, tras una serie de baños en piscinas de temperaturas bastante diferentes, que llegan incluso a hacer que te pierdas el Norte en alguna ocasión, te tumbes en una de las tumbonas preparadas en cualquiera de los cuartos “de cuadraditos”, dónde una tumbona se encuentra enfrentada a una pequeña ventana abocinada cuadrada que te lleva al exterior, mientras descansas con tu libro y el albornoz, disfrutando de un silencio únicamente roto por el sonido del agua de las piscinas (y alguna canto de alguno de los otros visitantes). Visitar y descubrir por tu cuenta.

Visitaré de nuevo esta obra. Esta y todas las otras que pudimos ver de Zumthor. Llegue a decir que haría una visita anual, cosa que la señorita de La libreta Roja se tomó a broma. Y no, llegará un tiempo en el que la visita será posible.

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